El siguiente trabajo tiene por objeto describir, de manera aproximada, un tipo de relación entre la biopolítica y el consumo de información presente en los matinales de la televisión chilena, mediada por flujos unidireccionales, portadores de símbolos, mapas e imaginarios, que son transmitidos de manera ‘imperceptible’ y que afectarían la construcción de mundo que hacen los ciudadanos al interior de los contextos políticos en los cuales conviven.
La tesis es que en los actuales escenarios matinales en donde se desarrolla la comunicación televisiva se estarían desplegando un conjunto anónimo de técnicas, de arbitrariedades microfísicas, que dicen relación con un modelo a imitar, y través del cual se estaría normalizando la vida de los consumidores de este tipo de programas. Una nueva forma de control televisivo que estaría transformando la videoconcepción de la realidad.
Esta sujeción estaría operando con claves comunicacionales constrictivas, ocultas en los contenidos y en la publicidad de estos programas, y difundidas hipertextualmente por vías aparentemente ‘inofensivas’, que no serían advertidas por los consumidores de matinales, pero afectarían a los individuos de manera microscópica, capilar, encontrando el núcleo mismo de cada telespectador, alcanzando su cuerpo, insertándose en sus gestos, sus actitudes, sus discursos, su aprendizaje y su vida cotidiana. La televisión es aquel instrumento de narración que permite que dicho control político se realice a sus anchas.
El campo de indagación de la biopolítica fue inaugurado por Michel Foucault a mediados de los '70. El término es empleado para referirse a una transformación fundamental de las sociedades modernas: el paso de un modo de ejercicio del poder basado en el principio de soberanía a otro basado en un principio de normalización de grandes poblaciones. La naturaleza jurídica de la primera forma se centra en la ley como instancia ordenadora del pueblo (sujeto político), la segunda se despliega en un conjunto de mecanismos de control y administración que produce y regula la vida de las poblaciones (sujeto biológico). “Desde mediados del siglo XVIII no se trata ya del dominio del príncipe, sino de un conjunto anónimo de técnicas”[1].
Se trata, a todas luces, de una relación difícil de sistematizar y resolver mediante una estrategia en favor de los ciudadanos, pues éstos serían siempre vulnerables al bombardeo de imágenes, textos y sonidos a través de los cuales dichos flujos -propiamente políticos- transitarían. Hay, ciertamente, un discurrimiento ideológico que facilitaría el proceso de control, sujeción y modelación de las normas sociales y los cuerpos de los televidentes. Se despliega visualmente un modelo que pretende ser implantado a través de este dispositivo, comportando en su discurso un componente ideológico de un espesor lo suficientemente potente para que la función constrictora se ejecute con éxito.
Utilizaremos para ello un tipo de análisis sociológico actual, con un objeto definido en forma fragmentaria (el matinal), asociado muy directamente a la vida cotidiana y conceptualizado como “consistente en opiniones específicas y por lo general no organizadas en sistemas, estudiadas en un plano próximo a la conciencia de los actores en cuanto al grado de aceptación o rechazo que despiertan en éstos, y que tienden a ser referidas a un fundamento dinámico de carácter psicológico”[2].
Los cambios en el objeto y en la metodología de investigación en comunicación relativa a estas materias, nos ha llevado a la fragmentación, a la especificación; hemos pasado de la abstracción del análisis clásico a un modelo concreto que se concentra en aspectos específicos y que aborda aspectos de un eje semántico que expresa determinado nivel de organización de mensajes.
El espacio de negociación para estos litigios no estaría sino en la publicidad –en el sentido Habermasiano- , pero las formas ideológicas que se estrellan en este espacio al que acuden los telespectadores, tendrían en su origen el interés privado. Desde allí, comenzaría a gestarse este flujo de ideología transitiva. Es decir, de todo el conjunto de ideas fundamentales propias de toda formación social que produce sentido, selecciono aquellas con las que comulgo y las hago circular en la sociedad. Para ello, el orden de la sociedad aparece como elemento fundamental. Los telespectadores deben ser convertidos en sujetos dóciles capaces de internalizar los micromensajes modeladores que nos dirán cómo vestir, cómo adelgazar, cómo tener un cabello saludable, cómo hacer vida en pareja, etc.
Estos flujos de sujeción y control no sólo estarían transmitiéndose a través la televisión. También está la publicidad, las tiras cómicas, los informerciales, los discursos más inofensivos, los puzzles, el fútbol, los productos, los modos de ‘educar’, etc. La dimensión constitutiva de todo sistema social de producción de sentido llamada ideología, se desplaza y fluye por todos los canales posibles de la comunicación, por tanto, operaría sobre todos aquellos aspectos relevantes de una formación social que se establece como comunidad política, con mayor o menor intensidad, tendría su justificación en la necesidad de satisfacer un deseo de particulares, de individuos o colectivos que generan sentido o establecen resistencias, sosteniéndose ad infinitum la pletórica lucha por la hegemonía, porque es en este el lugar en donde la transmisión del flujo ideológico alcanza su mayor efectividad. Más aún, en las democracias actuales, el carácter de verdad de los discursos circulantes estaría legitimado por la lógica de los consensos, y el nivel de organización de los mensajes transmitidos estaría mediado por la significación y semantización de sus contenidos. El imperio de la palabra televisiva estaría operando con credenciales amplias.
Siguiendo a Eliseo Verón en este punto, diremos entonces que ideología, asociada a la idea de sujeción y control televisivo, no se define como un tipo particular de mensajes, o una clase de discursos sociales, sino como uno de los muchos niveles de organización de los mensajes, desde el punto de vista de sus propiedades semánticas, el factor ideológico operaría como un “nivel de significación que puede estar presente en cualquier tipo de mensajes, aun en el discurso científico”[3]. Esto es, cualquier material de la comunicación social es susceptible de una lectura ideológica. No debe pensarse, entonces, que las declaraciones de un funcionario del gobierno, por ejemplo, constituye un material "más ideológico" que una revista de modas. El componente propiamente político operaría más allá de tener a la ministra o a la presidenta en el set.
Hay que decir también que el discurso mediático -en el que se circunscriben los matinales- ha mantenido, hasta este momento, un rango de objetividad en su decir. Diremos, de modo general, que esta prerrogativa pareciera adosarle a la práctica periodística un determinado valor de verdad, principalmente en los públicos consumidores de información, ya que éstos estarían obligados a establecer un pacto de fe con el medio que se las ofrece. Un pacto similar es el que establecen las audiencias de los matinales con él o los animadores. Es un vínculo que no está fundamentado sino en la confianza y en la credibilidad.
Podrá decirse que este contrato de fe es lo suficientemente flexible como para incluir la posibilidad de sospechar, en mayor o menor grado, de la realidad presentada por el espacio matinal. Sin embargo, la práctica periodística cuenta con aquella coraza sensible que legítima su institución y que no pocos problemas ha enfrentado a la hora de su exploración y reconocimiento, pues la objetividad es, sin duda, uno de los mitos más difíciles de derrocar. La objetividad trasladaría en su despliegue la biopoliticidad del emisor. En este contexto, consideramos que la inclusión de la pauta informativa en el matinal extiende este manto de objetividad hacia los animadores y, en menor medida, hacia los demás comentaristas. Un hálito de ‘objetividad’ cae sobre todo el matinal.
En este sentido, los matinales se instalan en el espacio mediático como espacios destinados a la entretención y aunque a veces el tratamiento informativo deje en evidencia cierta inclinación ideológica, de todos modos de acepta su pacto de verdad. Esta situación en apariencia trivial deja entrever la debilidad del tejido social a la hora de reclamar por los imaginarios que se les ofrecen. Prácticamente no hay modo de luchar contra ellos. La primera víctima del control matinal es la dueña de casa, y a través de ella, toda su familia.
La biopoliticidad estaría canalizándose en niveles mínimos de expresión, a través de vías alternativas de carácter hipertextual. Es decir, un bombardeo de pequeñas unidades transmitidas constante y sostenidamente, y que, en claves semánticas no evidentes, estarían invisibilizadas tras las prácticas cotidianas de la sociedad.
Como ya se ha dicho, la credibilidad de los conductores del matinal es primordial para el efectivo despliegue modelador. Hay que decir, no obstante, que los animadores pocas veces son concientes de que no son sino instrumentos conductores del flujo ideológico y del manto biopolítico que se nutre de sus ‘simpatías’ para, a través de la seducción de los cuerpos, desarticular el entramado intelectual y dirigirnos directamente sobre los las conciencias rendidas. En este contrato de fe -en el cual asumen responsabilidad los medios y los consumidores-, los encargados de sellar con éxito este acuerdo son estas personas, los conductores de cada matinal. Ahí radica su importancia: no cualquier individuo puede ser conductor; debe poseer ciertas características basadas en la valoración que los públicos hacen de su persona. Es por ello que siempre los rostros más potentes de cada emisora están a la cabeza del respectivo matinal de cada una de ellas, y los relatos proferidos por la televisión irán en la dirección pedagógica de orientar los modos de vida, ejerciendo una fuerza sutil pero no menos efectiva: la sujeción televisiva.
Es efectivo que en el caso de la televisión chilena existen diferencias entre un matinal de una u otra estación televisiva. Cada uno de ellos responde a una línea editorial común al canal que la emite aun cuando muchas veces son dependientes de productoras ajenas a la televisora (Gente como tú, Mucho Gusto). Ahora bien, por mucho que los acentos estén marcados en distintas áreas a lo largo de la programación, existen patrones ideológicos que son transversales a la hora de someterlos a análisis. Y no sólo pasa por la revisión ideológica que esbozamos en este análisis como elemento clave en el biocontrol que emana de las narraciones televisivas. La mediatización de la vida cotidiana ha impuesto ya su sello: vigilancia, diversión y normalización. “Este dispositivo se despliega de modo sigiloso, subrepticiamente, y recorre todos los pliegues, hendiduras y recovecos de la vida cotidiana. Sin embargo, pese a su sigilo, retóricamente opera mediante el flujo y la velocidad”[4], y los tiempos de las personas se vuelven los tiempos de la televisión. Los públicos acomodan sus horas a partir de las horas televisivas, de unas ciertas velocidades, de unos ciertos ritmos.
En el matinal se despliega un modelo de vida conservador, habría una pedagogía del hacer familia. Por ejemplo, Buenos Días a Todos de Televisión Nacional ha sido durante diez años el matinal más visto de Chile. En él, el concepto de familia siempre ha sido el pilar en el desarrollo del programa; los contenidos se reparten dependiendo siempre del público objetivo que sintoniza la señal en la mañana. Nos enfrentamos a un hombre y una mujer que comparten labores al interior de una casa típica chilena, en donde día a día reciben a sus invitados, quienes les ayudan en distintos quehaceres y conversaciones propias de la cotidianidad. “El hogar es la situación habitual y cotidiana de recepción de la comunicación televisiva; el hogar parece como una unidad sociocultural de necesidades”.[5]
Esta situación resulta fundamental en la constitución de un matinal, pues cada movimiento, cada representación al interior suyo despliega sobre la audiencia su propia idea de sociedad. Desde esta vitrina -mediada por la política del canal y los avisadores, observamos que el matinal ofrece a sus públicos pequeñas intervenciones participantes en un reducido espacio de diálogo al interior de una gran esfera privada que circunscribe dicho espacio. Se deja ver aquí el efecto de la esfera económica sobre la esfera de los contenidos. Porque, como lo explica Pierre Bourdieu “Los índices de audiencia significan la sanción del mercado, de la economía, es decir, de una legalidad externa y puramente comercial, y el sometimiento a las exigencias de ese instrumento de mercadotecnia es el equivalente exacto en materia de cultura de lo que es la demagogia”[6]. Resulta paradójico que el argumento utilizado para justificar el imperio del rating sea el decir que no existe nada más democrático que dejar a la gente la libertad de juzgar, de elegir. La ficción que vivimos parece más real que la realidad misma. La televisión parece más real que la realidad misma. Todo lo se dibuja ante nuestros ojos el matinal televisivo no sería sino un simulacro, pues a la señora dueña de casa que mira el programa en su población, se le está presentando un mundo ideal, al que nunca podrá acceder pero que no tiene nada que ver con sus posibilidades cotidianas. Es la ilusión del simulacro.
Con los años el esquema tradicional de los matinales ha implementado un par de variantes. Las parejas han comenzado a ser sustituidas por tríos (Gente como tú, Juntos). Sin embargo, el protagonista nunca ha variado, es el hombre el que asume el rol conductor preponderante, es el pather familia en cada uno de los programas, es quien lleva las riendas y quién asume la responsabilidad en su desarrollo. Pareciera que no escuchamos en los matinales sino la política propia de la institución, aun cuando la hipertextualidad y la interacción- contactos móviles, apertura de líneas telefónicas, paneles de opinión – parecieran incluir la voz ciudadana; lo que estarían haciendo no es sino el simulacro del ofrecimiento de palabra: el silenciamiento puede ser también bullicioso. La sujeción a través del engaño.
Ningún contenido comunicacional es inocente. La cualidad que ha ido marcando una tendencia en el mercado chileno de los matinales es la diversificación del envoltorio desde el cual aplicamos políticas de comunicación. Así como Televisión Nacional y Mega, se apegan al esquema básico y tradicional de familia - pareja, Canal 13 hace guiños a un programa estelar lleno de luces y parafernalia, mientras Chilevisión asume sin tapujos la entretención y la careta de transversalidad en los conductores al momento de desarrollar sus contenidos.
Los mensajes producidos por la televisión son polisémicos y son recibidos desde diversos marcos de interpretación, en otras palabras, existen tantos sentidos posibles como sujetos acuden a su reconocimiento: no hay manera de controlar el sentido que cada uno puede inferir, pues el sujeto está permanentemente restituyendo su significación ya que la propia significación varía de manera intra-personal. Desde esta perspectiva, el grado de ideología estará siempre en permanente disputa. Este será siempre un espacio de litigio, un proceso semántico de enfrentamiento. “Toda semantización resulta de dos operaciones fundamentales realizadas por el emisor del mensaje: selección, dentro de un repertorio de unidades disponibles, y combinación de las unidades seleccionadas para formar el mensaje. El mensaje puede ser representado como el producto de este doble sistema de decisiones por parte del emisor”.[7]
Esta sumatoria hecha por el emisor, es la mezcla que tendrá como tercer elemento al telespectador, resultando un nuevo producto: el efecto provocado en el televidente. ¿Cuál es el efecto? No sabemos. Lo que si sabemos es la intención del despliegue controlador. No tenemos los elementos para medir el grado de instalación corpórea de la invasión capilar videopolítica.
El matinal, es el género televisivo donde se ensalza lo doméstico, pues está orientado, principalmente, a las mujeres dueñas de casa, que pasan muchas horas del día dentro del hogar, especialmente en la mañana. La oferta incluye tips de belleza, recetas de cocina, consejos médicos, horóscopo, noticias y rumores, es decir, un conjunto de elementos susceptibles de ser captados a la ligera, y que hacen posible que al pasar la aspiradora no se pierda lo transitorio de la enunciación miscelánea.
Los televidentes entienden este código, y agradecen el formato, pues les permite seguir con sus actividades sin mayor interrupción. Según un estudio realizado por el Consejo Nacional de Televisión,[8] son las dueñas de casa las más altas consumidoras de televisión, las mujeres – especialmente las dueñas de casa- tienen una visión bastante compleja, puesto que no necesariamente les gusta lo que están viendo, y muchas veces consideran que lo que se está mostrando en pantalla no es bueno. Mantienen una actitud crítica capaz de marcar pautas de acción no sólo en la propia existencia, sino también en la de la gente que las rodea. Otra vez: el permanente litigio.
Las valoraciones hechas por los consumidores de matinales no solo van de acuerdo a la empatía con el formato y el contenido, sino también con los animadores, con los sujetos encargados de la transmisión más clara y determinante del mensaje. Son el punto de encuentro entre la ideología dominante y el receptor; la sintonía depende, en gran medida, de los rostros televisivos del matinal. El poder regulador también depende de la capacidad de identificación que logren los ciudadanos con dichos personajes.
Al ser los canales de televisión organizaciones que deben autofinanciarse para generar nuevos productos, la publicidad como mecanismo de financiamiento cumple un rol fundamental para la industria televisiva. Si la publicidad es la bencina para que funcione el “aparato televisivo”, es posible identificar una relación dependiente entre la publicidad y la televisión. “La publicidad permite financiar los programas que los canales de televisión producen, mientras los canales difunden los mensajes y discursos que promueve la publicidad de forma masiva”[9]. El control de la población, la biopoliticidad, se estaría desplegando en el dispositivo televisivo de una manera inusual. Ya no se necesitaría del Estado para la función de policía, la televisión se ha vuelto indistinta a la cotidianeidad y es por eso que el control televisivo se vuelve tan efectivo como la ley arbitraria que se tramita en
El matinal es propiamente un espacio privado de bombardeo de mensajes sociales y comerciales que sujeta el deber ser/hacer un ciudadano en diferentes circunstancias. Es el interés privado el que utiliza el matinal para el despliegue de sus posibilidades y, al mismo tiempo, para justificarse como modelo en la sociedad. La docilización de la población es el elemento clave en esta trayectoria hacia un nuevo modelo de ser humano.
Como se señala al principio de esta exposición, lo que se ha pretendido es perseguir esta relación de fuerzas, problematizar sus lógicas y observar cómo y de qué manera el control televisivo influye en las conductas sociales, en la normalización, es decir, cómo van cambiando ciertas concepciones de realidad por pequeñas pinceladas fragmentarias desplegadas en los matinales. En comunicación política esto es, sin duda, mucho más relevante que el acto mismo de conseguir un adepto -para lo cual se diseñan estrategias dependiendo del contexto de una determinada elección-. Lo que decimos entonces, es que la victoria de la comunicación política no estaría reducida a ganar una elección coyuntural sino que logra su mayor efecto cuando consigue traspasar ideología y, por tanto, instalar en la ciudadanía nuevas necesidades, deseos y formas de comprender la sociedad. Una teleaudiencia hecha a medida.
[1] ABAD, Sebastián y PAEZ CANOZA, Rodrigo: “El sentido de la biopolítica”. Reportaje para Diario El Clarín. Argentina. Septiembre 2007.
[2] VERÓN, Eliseo. Ideología y comunicación de masas: La semantización de la violencia
Política, Publicado en VV.AA. Lenguaje y comunicación social, Nueva Visión, Buenos Aires, 1971
[3] VERÓN, Eliseo. Ideología y comunicación de masas: La semantización de la violencia
Política, Publicado en VV.AA. Lenguaje y comunicación social, Nueva Visión, Buenos Aires, 1971
[4] ARANCIBIA, Juan Pablo: “Comunicación Política: Fragmentos para una genealogía de la mediatización en Chile”. Universidad Arcis. 2006. p. 111.
[5] FUENZALIDA, Valerio. Televisión abierta y audiencia en América latina, Publicado en Enciclopedia Latinoamericana de sociocultura y comunicación. Grupo editorial Norma. Buenos Aires, 2002. p 46
[7] VERON Eliseo. “Ideología y Comunicación de masas: La semantización de la violencia política”. Publicado en VV.AA Lenguaje y comunicación social, Nueva Visión, Buenos Aires, 1971. Pág 8.
[9] ARRIAGADA Arturo: “Televisión, Matinales y Publicidad: Usos y Valoraciones”. Escuela de Sociología Universidad Diego Portales, 2006. Pág 5.

