lunes 3 de diciembre de 2007

Sujeción e ideología en el matinal: la irrupción de la biopolítica en la esfera televisiva.

El siguiente trabajo tiene por objeto describir, de manera aproximada, un tipo de relación entre la biopolítica y el consumo de información presente en los matinales de la televisión chilena, mediada por flujos unidireccionales, portadores de símbolos, mapas e imaginarios, que son transmitidos de manera ‘imperceptible’ y que afectarían la construcción de mundo que hacen los ciudadanos al interior de los contextos políticos en los cuales conviven.


La tesis es que en los actuales escenarios matinales en donde se desarrolla la comunicación televisiva se estarían desplegando un conjunto anónimo de técnicas, de arbitrariedades microfísicas, que dicen relación con un modelo a imitar, y través del cual se estaría normalizando la vida de los consumidores de este tipo de programas. Una nueva forma de control televisivo que estaría transformando la videoconcepción de la realidad.

Esta sujeción estaría operando con claves comunicacionales constrictivas, ocultas en los contenidos y en la publicidad de estos programas, y difundidas hipertextualmente por vías aparentemente ‘inofensivas’, que no serían advertidas por los consumidores de matinales, pero afectarían a los individuos de manera microscópica, capilar, encontrando el núcleo mismo de cada telespectador, alcanzando su cuerpo, insertándose en sus gestos, sus actitudes, sus discursos, su aprendizaje y su vida cotidiana. La televisión es aquel instrumento de narración que permite que dicho control político se realice a sus anchas.

El campo de indagación de la biopolítica fue inaugurado por Michel Foucault a mediados de los '70. El término es empleado para referirse a una transformación fundamental de las sociedades modernas: el paso de un modo de ejercicio del poder basado en el principio de soberanía a otro basado en un principio de normalización de grandes poblaciones. La naturaleza jurídica de la primera forma se centra en la ley como instancia ordenadora del pueblo (sujeto político), la segunda se despliega en un conjunto de mecanismos de control y administración que produce y regula la vida de las poblaciones (sujeto biológico). “Desde mediados del siglo XVIII no se trata ya del dominio del príncipe, sino de un conjunto anónimo de técnicas”[1].

Se trata, a todas luces, de una relación difícil de sistematizar y resolver mediante una estrategia en favor de los ciudadanos, pues éstos serían siempre vulnerables al bombardeo de imágenes, textos y sonidos a través de los cuales dichos flujos -propiamente políticos- transitarían. Hay, ciertamente, un discurrimiento ideológico que facilitaría el proceso de control, sujeción y modelación de las normas sociales y los cuerpos de los televidentes. Se despliega visualmente un modelo que pretende ser implantado a través de este dispositivo, comportando en su discurso un componente ideológico de un espesor lo suficientemente potente para que la función constrictora se ejecute con éxito.

Utilizaremos para ello un tipo de análisis sociológico actual, con un objeto definido en forma fragmentaria (el matinal), asociado muy directamente a la vida cotidiana y conceptualizado como “consistente en opiniones específicas y por lo general no organizadas en sistemas, estudiadas en un plano próximo a la conciencia de los actores en cuanto al grado de aceptación o rechazo que despiertan en éstos, y que tienden a ser referidas a un fundamento dinámico de carácter psicológico”[2].

Los cambios en el objeto y en la metodología de investigación en comunicación relativa a estas materias, nos ha llevado a la fragmentación, a la especificación; hemos pasado de la abstracción del análisis clásico a un modelo concreto que se concentra en aspectos específicos y que aborda aspectos de un eje semántico que expresa determinado nivel de organización de mensajes.

El espacio de negociación para estos litigios no estaría sino en la publicidad –en el sentido Habermasiano- , pero las formas ideológicas que se estrellan en este espacio al que acuden los telespectadores, tendrían en su origen el interés privado. Desde allí, comenzaría a gestarse este flujo de ideología transitiva. Es decir, de todo el conjunto de ideas fundamentales propias de toda formación social que produce sentido, selecciono aquellas con las que comulgo y las hago circular en la sociedad. Para ello, el orden de la sociedad aparece como elemento fundamental. Los telespectadores deben ser convertidos en sujetos dóciles capaces de internalizar los micromensajes modeladores que nos dirán cómo vestir, cómo adelgazar, cómo tener un cabello saludable, cómo hacer vida en pareja, etc.

Estos flujos de sujeción y control no sólo estarían transmitiéndose a través la televisión. También está la publicidad, las tiras cómicas, los informerciales, los discursos más inofensivos, los puzzles, el fútbol, los productos, los modos de ‘educar’, etc. La dimensión constitutiva de todo sistema social de producción de sentido llamada ideología, se desplaza y fluye por todos los canales posibles de la comunicación, por tanto, operaría sobre todos aquellos aspectos relevantes de una formación social que se establece como comunidad política, con mayor o menor intensidad, tendría su justificación en la necesidad de satisfacer un deseo de particulares, de individuos o colectivos que generan sentido o establecen resistencias, sosteniéndose ad infinitum la pletórica lucha por la hegemonía, porque es en este el lugar en donde la transmisión del flujo ideológico alcanza su mayor efectividad. Más aún, en las democracias actuales, el carácter de verdad de los discursos circulantes estaría legitimado por la lógica de los consensos, y el nivel de organización de los mensajes transmitidos estaría mediado por la significación y semantización de sus contenidos. El imperio de la palabra televisiva estaría operando con credenciales amplias.

Siguiendo a Eliseo Verón en este punto, diremos entonces que ideología, asociada a la idea de sujeción y control televisivo, no se define como un tipo particular de mensajes, o una clase de discursos sociales, sino como uno de los muchos niveles de organización de los mensajes, desde el punto de vista de sus propiedades semánticas, el factor ideológico operaría como un “nivel de significación que puede estar presente en cualquier tipo de mensajes, aun en el discurso científico”[3]. Esto es, cualquier material de la comunicación social es susceptible de una lectura ideológica. No debe pensarse, entonces, que las declaraciones de un funcionario del gobierno, por ejemplo, constituye un material "más ideológico" que una revista de modas. El componente propiamente político operaría más allá de tener a la ministra o a la presidenta en el set.

Hay que decir también que el discurso mediático -en el que se circunscriben los matinales- ha mantenido, hasta este momento, un rango de objetividad en su decir. Diremos, de modo general, que esta prerrogativa pareciera adosarle a la práctica periodística un determinado valor de verdad, principalmente en los públicos consumidores de información, ya que éstos estarían obligados a establecer un pacto de fe con el medio que se las ofrece. Un pacto similar es el que establecen las audiencias de los matinales con él o los animadores. Es un vínculo que no está fundamentado sino en la confianza y en la credibilidad.

Podrá decirse que este contrato de fe es lo suficientemente flexible como para incluir la posibilidad de sospechar, en mayor o menor grado, de la realidad presentada por el espacio matinal. Sin embargo, la práctica periodística cuenta con aquella coraza sensible que legítima su institución y que no pocos problemas ha enfrentado a la hora de su exploración y reconocimiento, pues la objetividad es, sin duda, uno de los mitos más difíciles de derrocar. La objetividad trasladaría en su despliegue la biopoliticidad del emisor. En este contexto, consideramos que la inclusión de la pauta informativa en el matinal extiende este manto de objetividad hacia los animadores y, en menor medida, hacia los demás comentaristas. Un hálito de ‘objetividad’ cae sobre todo el matinal.

En este sentido, los matinales se instalan en el espacio mediático como espacios destinados a la entretención y aunque a veces el tratamiento informativo deje en evidencia cierta inclinación ideológica, de todos modos de acepta su pacto de verdad. Esta situación en apariencia trivial deja entrever la debilidad del tejido social a la hora de reclamar por los imaginarios que se les ofrecen. Prácticamente no hay modo de luchar contra ellos. La primera víctima del control matinal es la dueña de casa, y a través de ella, toda su familia.

La biopoliticidad estaría canalizándose en niveles mínimos de expresión, a través de vías alternativas de carácter hipertextual. Es decir, un bombardeo de pequeñas unidades transmitidas constante y sostenidamente, y que, en claves semánticas no evidentes, estarían invisibilizadas tras las prácticas cotidianas de la sociedad.

Como ya se ha dicho, la credibilidad de los conductores del matinal es primordial para el efectivo despliegue modelador. Hay que decir, no obstante, que los animadores pocas veces son concientes de que no son sino instrumentos conductores del flujo ideológico y del manto biopolítico que se nutre de sus ‘simpatías’ para, a través de la seducción de los cuerpos, desarticular el entramado intelectual y dirigirnos directamente sobre los las conciencias rendidas. En este contrato de fe -en el cual asumen responsabilidad los medios y los consumidores-, los encargados de sellar con éxito este acuerdo son estas personas, los conductores de cada matinal. Ahí radica su importancia: no cualquier individuo puede ser conductor; debe poseer ciertas características basadas en la valoración que los públicos hacen de su persona. Es por ello que siempre los rostros más potentes de cada emisora están a la cabeza del respectivo matinal de cada una de ellas, y los relatos proferidos por la televisión irán en la dirección pedagógica de orientar los modos de vida, ejerciendo una fuerza sutil pero no menos efectiva: la sujeción televisiva.

Es efectivo que en el caso de la televisión chilena existen diferencias entre un matinal de una u otra estación televisiva. Cada uno de ellos responde a una línea editorial común al canal que la emite aun cuando muchas veces son dependientes de productoras ajenas a la televisora (Gente como tú, Mucho Gusto). Ahora bien, por mucho que los acentos estén marcados en distintas áreas a lo largo de la programación, existen patrones ideológicos que son transversales a la hora de someterlos a análisis. Y no sólo pasa por la revisión ideológica que esbozamos en este análisis como elemento clave en el biocontrol que emana de las narraciones televisivas. La mediatización de la vida cotidiana ha impuesto ya su sello: vigilancia, diversión y normalización. “Este dispositivo se despliega de modo sigiloso, subrepticiamente, y recorre todos los pliegues, hendiduras y recovecos de la vida cotidiana. Sin embargo, pese a su sigilo, retóricamente opera mediante el flujo y la velocidad”[4], y los tiempos de las personas se vuelven los tiempos de la televisión. Los públicos acomodan sus horas a partir de las horas televisivas, de unas ciertas velocidades, de unos ciertos ritmos.

En el matinal se despliega un modelo de vida conservador, habría una pedagogía del hacer familia. Por ejemplo, Buenos Días a Todos de Televisión Nacional ha sido durante diez años el matinal más visto de Chile. En él, el concepto de familia siempre ha sido el pilar en el desarrollo del programa; los contenidos se reparten dependiendo siempre del público objetivo que sintoniza la señal en la mañana. Nos enfrentamos a un hombre y una mujer que comparten labores al interior de una casa típica chilena, en donde día a día reciben a sus invitados, quienes les ayudan en distintos quehaceres y conversaciones propias de la cotidianidad. “El hogar es la situación habitual y cotidiana de recepción de la comunicación televisiva; el hogar parece como una unidad sociocultural de necesidades”.[5]

Esta situación resulta fundamental en la constitución de un matinal, pues cada movimiento, cada representación al interior suyo despliega sobre la audiencia su propia idea de sociedad. Desde esta vitrina -mediada por la política del canal y los avisadores, observamos que el matinal ofrece a sus públicos pequeñas intervenciones participantes en un reducido espacio de diálogo al interior de una gran esfera privada que circunscribe dicho espacio. Se deja ver aquí el efecto de la esfera económica sobre la esfera de los contenidos. Porque, como lo explica Pierre Bourdieu “Los índices de audiencia significan la sanción del mercado, de la economía, es decir, de una legalidad externa y puramente comercial, y el sometimiento a las exigencias de ese instrumento de mercadotecnia es el equivalente exacto en materia de cultura de lo que es la demagogia”[6]. Resulta paradójico que el argumento utilizado para justificar el imperio del rating sea el decir que no existe nada más democrático que dejar a la gente la libertad de juzgar, de elegir. La ficción que vivimos parece más real que la realidad misma. La televisión parece más real que la realidad misma. Todo lo se dibuja ante nuestros ojos el matinal televisivo no sería sino un simulacro, pues a la señora dueña de casa que mira el programa en su población, se le está presentando un mundo ideal, al que nunca podrá acceder pero que no tiene nada que ver con sus posibilidades cotidianas. Es la ilusión del simulacro.

Con los años el esquema tradicional de los matinales ha implementado un par de variantes. Las parejas han comenzado a ser sustituidas por tríos (Gente como tú, Juntos). Sin embargo, el protagonista nunca ha variado, es el hombre el que asume el rol conductor preponderante, es el pather familia en cada uno de los programas, es quien lleva las riendas y quién asume la responsabilidad en su desarrollo. Pareciera que no escuchamos en los matinales sino la política propia de la institución, aun cuando la hipertextualidad y la interacción- contactos móviles, apertura de líneas telefónicas, paneles de opinión – parecieran incluir la voz ciudadana; lo que estarían haciendo no es sino el simulacro del ofrecimiento de palabra: el silenciamiento puede ser también bullicioso. La sujeción a través del engaño.

Ningún contenido comunicacional es inocente. La cualidad que ha ido marcando una tendencia en el mercado chileno de los matinales es la diversificación del envoltorio desde el cual aplicamos políticas de comunicación. Así como Televisión Nacional y Mega, se apegan al esquema básico y tradicional de familia - pareja, Canal 13 hace guiños a un programa estelar lleno de luces y parafernalia, mientras Chilevisión asume sin tapujos la entretención y la careta de transversalidad en los conductores al momento de desarrollar sus contenidos.

Los mensajes producidos por la televisión son polisémicos y son recibidos desde diversos marcos de interpretación, en otras palabras, existen tantos sentidos posibles como sujetos acuden a su reconocimiento: no hay manera de controlar el sentido que cada uno puede inferir, pues el sujeto está permanentemente restituyendo su significación ya que la propia significación varía de manera intra-personal. Desde esta perspectiva, el grado de ideología estará siempre en permanente disputa. Este será siempre un espacio de litigio, un proceso semántico de enfrentamiento. “Toda semantización resulta de dos operaciones fundamentales realizadas por el emisor del mensaje: selección, dentro de un repertorio de unidades disponibles, y combinación de las unidades seleccionadas para formar el mensaje. El mensaje puede ser representado como el producto de este doble sistema de decisiones por parte del emisor”.[7]

Esta sumatoria hecha por el emisor, es la mezcla que tendrá como tercer elemento al telespectador, resultando un nuevo producto: el efecto provocado en el televidente. ¿Cuál es el efecto? No sabemos. Lo que si sabemos es la intención del despliegue controlador. No tenemos los elementos para medir el grado de instalación corpórea de la invasión capilar videopolítica.

El matinal, es el género televisivo donde se ensalza lo doméstico, pues está orientado, principalmente, a las mujeres dueñas de casa, que pasan muchas horas del día dentro del hogar, especialmente en la mañana. La oferta incluye tips de belleza, recetas de cocina, consejos médicos, horóscopo, noticias y rumores, es decir, un conjunto de elementos susceptibles de ser captados a la ligera, y que hacen posible que al pasar la aspiradora no se pierda lo transitorio de la enunciación miscelánea.

Los televidentes entienden este código, y agradecen el formato, pues les permite seguir con sus actividades sin mayor interrupción. Según un estudio realizado por el Consejo Nacional de Televisión,[8] son las dueñas de casa las más altas consumidoras de televisión, las mujeres – especialmente las dueñas de casa- tienen una visión bastante compleja, puesto que no necesariamente les gusta lo que están viendo, y muchas veces consideran que lo que se está mostrando en pantalla no es bueno. Mantienen una actitud crítica capaz de marcar pautas de acción no sólo en la propia existencia, sino también en la de la gente que las rodea. Otra vez: el permanente litigio.

Las valoraciones hechas por los consumidores de matinales no solo van de acuerdo a la empatía con el formato y el contenido, sino también con los animadores, con los sujetos encargados de la transmisión más clara y determinante del mensaje. Son el punto de encuentro entre la ideología dominante y el receptor; la sintonía depende, en gran medida, de los rostros televisivos del matinal. El poder regulador también depende de la capacidad de identificación que logren los ciudadanos con dichos personajes.

Al ser los canales de televisión organizaciones que deben autofinanciarse para generar nuevos productos, la publicidad como mecanismo de financiamiento cumple un rol fundamental para la industria televisiva. Si la publicidad es la bencina para que funcione el “aparato televisivo”, es posible identificar una relación dependiente entre la publicidad y la televisión. “La publicidad permite financiar los programas que los canales de televisión producen, mientras los canales difunden los mensajes y discursos que promueve la publicidad de forma masiva”[9]. El control de la población, la biopoliticidad, se estaría desplegando en el dispositivo televisivo de una manera inusual. Ya no se necesitaría del Estado para la función de policía, la televisión se ha vuelto indistinta a la cotidianeidad y es por eso que el control televisivo se vuelve tan efectivo como la ley arbitraria que se tramita en la Cámara de Diputados. La influencia controladora de la televisión es el nuevo escenario donde se estaría ejecutando la política. La política se sirve de la televisión para sus objetivos.

El matinal es propiamente un espacio privado de bombardeo de mensajes sociales y comerciales que sujeta el deber ser/hacer un ciudadano en diferentes circunstancias. Es el interés privado el que utiliza el matinal para el despliegue de sus posibilidades y, al mismo tiempo, para justificarse como modelo en la sociedad. La docilización de la población es el elemento clave en esta trayectoria hacia un nuevo modelo de ser humano.

Como se señala al principio de esta exposición, lo que se ha pretendido es perseguir esta relación de fuerzas, problematizar sus lógicas y observar cómo y de qué manera el control televisivo influye en las conductas sociales, en la normalización, es decir, cómo van cambiando ciertas concepciones de realidad por pequeñas pinceladas fragmentarias desplegadas en los matinales. En comunicación política esto es, sin duda, mucho más relevante que el acto mismo de conseguir un adepto -para lo cual se diseñan estrategias dependiendo del contexto de una determinada elección-. Lo que decimos entonces, es que la victoria de la comunicación política no estaría reducida a ganar una elección coyuntural sino que logra su mayor efecto cuando consigue traspasar ideología y, por tanto, instalar en la ciudadanía nuevas necesidades, deseos y formas de comprender la sociedad. Una teleaudiencia hecha a medida.



[1] ABAD, Sebastián y PAEZ CANOZA, Rodrigo: “El sentido de la biopolítica”. Reportaje para Diario El Clarín. Argentina. Septiembre 2007.

[2] VERÓN, Eliseo. Ideología y comunicación de masas: La semantización de la violencia
Política, Publicado en VV.AA. Lenguaje y comunicación social, Nueva Visión, Buenos Aires, 1971

[3] VERÓN, Eliseo. Ideología y comunicación de masas: La semantización de la violencia
Política, Publicado en VV.AA. Lenguaje y comunicación social, Nueva Visión, Buenos Aires, 1971

[4] ARANCIBIA, Juan Pablo: “Comunicación Política: Fragmentos para una genealogía de la mediatización en Chile”. Universidad Arcis. 2006. p. 111.

[5] FUENZALIDA, Valerio. Televisión abierta y audiencia en América latina, Publicado en Enciclopedia Latinoamericana de sociocultura y comunicación. Grupo editorial Norma. Buenos Aires, 2002. p 46

[6] BOURDIEU, Pierre “Sobre la TV” Editorial Anagrama, 1997,p-96

[7] VERON Eliseo. “Ideología y Comunicación de masas: La semantización de la violencia política”. Publicado en VV.AA Lenguaje y comunicación social, Nueva Visión, Buenos Aires, 1971. Pág 8.

[9] ARRIAGADA Arturo: “Televisión, Matinales y Publicidad: Usos y Valoraciones”. Escuela de Sociología Universidad Diego Portales, 2006. Pág 5.

martes 14 de agosto de 2007

Homenaje a Cataluña

1) El autor habla de la intolerancia política reinante en Cataluña al momento de participar en la guerra. Describa la atmósfera de la cual habla.
Orwell integró la milicia del POUM y describió con bastante detalle la atmósfera política reinante en España. Tanto el POUM, el PSUC –órgano político de la UGT (Unión General de Trabajadores)- y la CNT, luchaban contra los fascistas. El gobierno republicano se vio sobrepasado y los obreros tomaron las armas de las milicias locales. El POUM lo integraban en su mayoría los trabajadores y la pequeña burguesía, pertenecían a la línea trotskista, es decir se oponían a Stalin y consideraban que “la guerra y la revolución eran inseparables”. El PSUC tenía el mismo objetivo que todos los bandos: ganar la guerra. Pero a diferencia del POUM no debía confundirse la guerra con la revolución. Tan fuerte fue la influencia de la Tercera Internacional que consideraban traidores a quienes trataran de convertir la guerra en revolución social. La problemática sindicalista es propia de las izquierdas en toda época y España no fue la excepción. Pese a luchar contra Franco y el fascismo, lo que aquí había no era precisamente camaradería. Por un lado la CNT-FAI (anarquistas), el POUM y una parte de los socialistas. Por otro lado estaba el PSUC, liberales y comunistas. Esta división de la izquierda favoreció en cierto modo al triunfo final de Franco.


2)
Refiérase al ideal anarquista que profesa Orwell

Si bien Orwell no tenía muy claro la situación española en el año 1937, combatió junto al POUM contra los fascistas en el frente de Aragón. Las lógicas comunistas le parecían en principio más razonables pero su pensamiento fue mutando a medida que conocía más de la realidad partidista y sindicalista de España. Orwell consideraba que no era fácil referirse al punto de vista anarquista, porque la mayoría de las veces este término podía utilizarse para designar una multitud de individuos de opiniones muy diversas. Pero ciertamente había algunas cosas en común y que tenían sentido para la vida del autor en el frente. Luchar contra la posibilidad de un gobierno totalitario y el control del Estado por parte de los trabajadores y no por una democracia parlamentaria. Es extraño que Orwell lo defina en estos términos, sin embargo, dadas las contradicciones que evidencia el autor en el libro, no sorprende que la lógica anarquista poco se diferencie de la comunista en este punto.


3)
¿Cómo era el ejército Republicano según el libro?

No bien Franco se levantó en el Marruecos español, las milicias locales bajo tutelaje de sus partidos y sindicatos, se organizaron y formaron un ejército popular fiel a su doctrina partidista y al gobierno republicano. Su característica esencial era la igualdad entre soldados y oficiales, la camaradería. Todos recibían el mismo salario, vestían las mismas ropas y comían los mismos alimentos. Además se trataban en términos de completa igualdad. No había distintivos ni galardones que evidenciaran que unos eran superiores a otros. Lo vivido en las milicias del frente popular fue un bello intento de modelo de sociedad sin clases.
Orwell se mostró crítico respecto de la conformación de este tipo de ejército, no porque no fuera sensata la intención de ser lo más igual posibles los unos con los otros, sino más bien con la falta de disciplina propia de toda organización en donde no existen jerarquías definidas. La disciplina era voluntaria en tanto no había sanciones, por otro lado, el gobierno se apresuró y mal preparó a los milicianos para un frente en el que no tenían posibilidades. Piensa Orwell que el gobierno republicano tuvo un poco de suerte pues los fascistas estaban igual o peor preparados que los soldados del frente popular y eso les permitió no ser barridos inmediatamente por las milicias fascistas que en esos años, recién conformaban un ejercito poderoso.

4)
De la lectura se desprende una Cataluña libertaria, igualitaria y rebelde, pero a la vez el autor afirma que la burguesía estaba oculta esperando su momento. A su juicio ¿cuál eran las contradicciones del proceso revolucionario que se vivía?

La primera impresión de Orwell fue la descrita en la pregunta. Vientos de revolución soplaban en Barcelona y aparentemente la ciudad vivía un fervor transversal y todos portaban banderitas y se mostraban alegres. Orwell describe el ambiente igualitario en las calles en donde los lustrabotas miraban a los ojos a los clientes y la ley impedía dar propinas. Intuyo que para cualquier turista que presencie un espectáculo como ese se sentiría asombrado de tanta camaradería.
Desde luego, semejante estado de cosas no podía durar. Era solo una fase temporal que se extendió más allá de los límites de España y logró influir en todo aquel que lo experimentara. Dice Orwell que cuando estuvo en Barcelona pro primera vez le pareció no encontrar diferencias de clases y las económicas no se notaban tanto. Era una mezcla de esperanza y camuflaje. Los trabajadores creían que la revolución había llegado a consolidarse y los burgueses, atemorizados, se disfrazaban temporalmente de obreros. En los primeros meses de la revolución muchas personas decidieron ponerse el overol proletario y gritar lemas revolucionarios para salvar el pellejo.

5)
¿Qué concepto entrega Orwell de los fascistas? Haga un contraste con las impresiones que anota sobre los comunistas.

Los comunistas, agrupados en el PUSC, consideraban que la revolución no podía llevarse a cabo en tales circunstancias debido a que no estaban dadas todas las condiciones para que ésta tuviera efecto. Por tanto, el objetivo comunista no era tanto la revolución como ganar la guerra. Es decir, la guerra tenía un carácter contrarrevolucionario. Hay quienes afirman que la URSS no tenía intenciones revolucionarias en las demás naciones sino que le interesaba más proteger la suya propia. Las ideas centrales del stalinismo –en palabras de José Antonio Viera Gallo en el prólogo de “Del stalinismo a la perestroika” de Sergio Vuskovic- eran la colectivización de los medios de producción y en general el control estatal de la vida económica, la existencia de un sistema político autoritario o totalitario (tanto o más que lo que pretendían los fascistas) centrado en un solo partido dirigido verticalmente de arriba hacia abajo, restricción absoluta de las libertades públicas, existencia de organizaciones sociales concebidas como correas de transmisión de las decisiones del partido hacia la sociedad, control de los medios de comunicación e instituciones culturales e internacionalismo proletario entendido como expansión del modelo de sociedad imperante en la URSS. Sin embargo, se desprende de las palabras de Orwell que casi nada de eso estaba en mente del PSUC durante la guerra civil española. Los fascistas en tanto, descontentos con el gobierno republicano concentraron sus esfuerzos para, de la mano de Francisco Franco, hacerse del poder y controlar los aparatos de producción. Teóricamente la idea era la corporativización de la sociedad, pero en la práctica esto estaba bastante más lejos de obtenerse.

En el frente de Aragón, las milicias fascistas no estaban lo suficientemente preparadas para asestar ahí sus primeras victorias, pero como efecto domino, se preveía que tarde o temprano, los fascistas consolidarían un triunfo que paulatinamente hacía caer al ejercito republicano en todos los frentes. Complicado panorama considerando que la prensa comunista consideraba que el POUM actuaba pagado por Hitler y Franco. Es increíble como estas acusaciones influían en las personas e iniciaba persecuciones. A los del POUM se los llamaba, hacia el final de su existencia “fascistas-trotskistas” o “social-fascistas”. Nada más contradictorio.


6) ¿Cómo era la fraternidad entre los soldados republicanos? ¿De qué manera veían los españoles a los extranjeros que luchaban en sus filas, particularmente con los ingleses como el mismo Orwell?

Ya describimos en una de las preguntas anteriores algunas características del ejército republicano. No se trataba de un ejército en el sentido clásico, la camaradería y la igualdad eran sus rasgos más esenciales. El respeto por la persona importaba más que la jerarquía que tuviera. Cada milicia era una democracia. Aquí lo importante era la lealtad y la consideración para con quienes integraban el ejército, incluso con los extranjeros que formaban parte de sus filas en el frente. El caso de Orwell fue paradójico. En el frente mismo muchos de los más jóvenes milicianos daban por seguro que éste sabía mucho que ellos acerca del arte de la guerra. Pero en las ciudades había cierta desconfianza respecto de los extranjeros. Orwell relata una anécdota en la que describe muy bien la sospecha con la que se le miraba al momento de entregarle armas. Sólo cuando se tuvo certeza de que pertenecía al POUM se las facilitaron no con poco recelo. En el POUM era distinto, Orwell era tan solo uno más al igual que todos los españoles que conformaban el pelotón del frente.

7)
¿Qué idea se hizo George Orwell, de su punto de vista subjetivo, de su prosa literaria y periodística a la vez? Él constantemente se cuestiona su personalidad y su apego a las comodidades, factores que al parecer tornaron más difícil su estadía en España.

Debo reconocer que no había leído a George Orwell. Ni siquiera su célebre “1984”, por lo que su prosa fue una experiencia nueva en mi biblioteca visual y literaria. Orwell desarrolla un relato ágil y lleno de detalles que combina muy bien con sus impresiones y que a ratos dejan ver su carácter y forma de entender las cosas. En algunos momentos de la lectura me pareció estar leyendo a Truman Capote en “A sangre fría” y en otros a Kapusinski, solo que un poco más de detalle en sus relatos. Es agradable de leer, sin embargo, a veces un poco monótono, sino fuera por sus comentarios –que son, en definitiva, el sello de Orwell- “Homenaje a Cataluña” sería uno más de los tantos textos que se han escrito sobre la guerra civil española.

Se vive la guerra más de cerca acompañado de su prosa atmosférica que nos sitúa en el frente mismo, hay también un esfuerzo por no despegarse del oficio periodístico al exponer “objetivamente” cual era el problema partidista y al hacer una descripción de los bandos enfrentados sin caer necesariamente en favoritismos. Orwell describe con la precisión que le permite su memoria cada secuencia que pasó frente a sus ojos y la complementó –como buen periodista- con lo que pudo investigar acerca de los fines y objetos de cada partido. “Homenaje a Cataluña” se lee como reportaje con la misma facilidad que como novela. Más allá de mi juicio de gusto por el exceso de detalles en los relatos, “Homenaje a Cataluña” me parece una obra fresca y que ciertamente ayuda a comprender lo acontecido en la guerra civil de España.

sábado 30 de junio de 2007

Consumo actual y concepción naturalista de las necesidades

Las aceleradas transformaciones de la sociedad en las últimas décadas han evidenciado cambios importantes en la manera en que los ciudadanos se han venido relacionando con los productos culturales. La sociedad, en su conjunto, ya no es vista como una globalidad, sino que la atención se ha ido centrando en cada uno de los individuos que la componen. Tras esta nueva realidad -gobernada por las lógicas del mercado- acaece un fenómeno que no ha sido del todo problematizado: el consumo.

Diremos que el consumo es un tipo de relación social que se desplaza en diversas direcciones y que no responde, en absoluto, a fijaciones de ninguna clase. Es por ello que algunos autores plantean la necesidad de una mirada transdisciplinaria para el estudio y comprensión de dicho fenómeno. Para el sociólogo argentino Néstor García Canclini, esto se debe a que las conclusiones de las investigaciones que se han realizado “se limitan a la disciplina en que se generan”[1], pero esta desconexión entre las distintas miradas de las relaciones sociales en torno al consumo no sólo se debe a la compartimentación de las áreas que lo estudian, sino también a la fragmentación de las conductas. “La gente consume en escenarios de diferentes escalas y con lógicas distintas, desde la tienda de la esquina y el mercado barrial hasta los macrocentros comerciales y la televisión. Sin embargo, como las intersecciones multitudinarias y anónimas se hallan entrelazadas con las interacciones pequeñas y personales, se vuelve necesario pensarlas en relación”[2].

Este escenario ha superado la concepción naturalista de las necesidades y la visión instrumentalista de los bienes. Se vuelve evidente la simpleza de esta noción en tanto define el consumo como la relación que se establece entre un conjunto de bienes creados para satisfacer un paquete de necesidades, como una relación estímulo-respuesta. Para García Canclini no existe correspondencia mecánica o natural entre necesidades y objetos supuestamente diseñados y producidos para satisfacerlas.

En palabras de Guillermo Sunkel, García Canclini descarta la definición conductista del consumo, es decir, “aquella donde éste queda reducido a una simple relación entre necesidades y los bienes creados para satisfacerlas”[3]. Descartar la definición conductista del consumo supone re-plantearse para superar dos elementos que sustentan esta definición. Primero, la concepción naturalista de las necesidades, lo que implica el reconocimiento de que éstas son construidas y determinadas socialmente y que incluso las necesidades biológicas más elementales se satisfacen, en las diversas culturas, de manera diferente y en distintos momentos históricos; Y segundo, la concepción instrumentalista de los bienes, es decir, aquella que supone que los bienes tienen sólo un valor de uso para satisfacer necesidades concretas.


La idea del consumo naturalizado como carencia, como materialización y prolongación del deseo de los cuerpos, está anclada en la insatisfacción constante éstos. Desde este punto de vista el consumo no sería sino la cristalización de saciedad momentánea que vuelve siempre al mismo punto de carencia, de necesidad. La individualidad corpórea del deseo nada sugiere respecto de cómo se relacionan entre sí estos cuerpos en una comunidad política. A mi modo de ver, Canclini no se inmiscuye en una ‘microfísica del deseo’, sin embargo, niega la idea de naturaleza de las necesidades, pues no daría cuenta jamás de las ‘verdaderas’ dimensiones del consumo actual, en donde estarían operando otras claves y otros lenguajes, y donde ya no se lo considera “como un simple intercambio de mercancías sino como parte de interacciones culturales más complejas”[4]. Para Canclini, el consumo es visto no como la mera posesión individual de objetos aislados sino como la apropiación colectiva de bienes que dan satisfacciones biológicas y simbólicas. Afirma este autor que “el valor mercantil no es algo contenido ‘naturalistamente’ en los objetos, sino resultante de las interacciones socioculturales en que los hombres los usan”[5]

Para el autor de ‘consumidores y ciudadanos’, “lo que llamamos necesidades -aun las de mayor base biológica- surgen en sus diversas ‘presentaciones’ culturales como resultado de la interiorización de determinaciones de la sociedad y de la elaboración psicosocial de los deseos”[6] y prosigue :“el carácter construido de las necesidades se vuelve evidente cuando advertimos cómo se convirtieron en objetivos de uso normal bienes que hace treinta o cuarenta años no existían: ¿cómo podían vivir nuestros padres sin televisor, refrigerador, ni lavadora? Luego, hay que cuestionar el correlato de la noción naturalista de necesidad, que es la concepción instrumentalista de los bienes”[7]

La producción simbólica de nuevas distinciones que han sido monopolizadas por una nueva élite[8] de raigambre liberal, hacen patente el hecho que tanto el proceso globalizatorio como los ajustes estructurales de las décadas de los 80’ y 90’, han sido factores importantes en la nueva biografía del consumidor.

En poco tiempo, las lógicas del consumo ciudadano se han resignificado de modo tal que las prácticas culturales propias de un determinado tiempo se han visto desprovistas de valor, transfiriendo dicha valoración a nuevas prácticas culturales que, a su vez, darán lugar –también en poco tiempo- a otras nuevas formas de significar el proceso de adquisición de bienes.

Lo que Canclini hace en este sentido, es examinar los distintos modelos que se han utilizado para explicar la idea de consumo, como aquellos que lo definen como un lugar donde las clases y los grupos compiten por la apropiación del producto social; o como lugar de diferenciación social y de distinción simbólica entre sectores sociales; o como sistema de integración (o desintegración) y comunicación; o como proceso de objetivación de deseos; o como proceso ritual. Si bien cada uno de ellos es necesario para explicar aspectos del consumo, ninguno de ellos es autosuficiente.


El punto de partida del análisis de las dimensiones del consumo actual será la definición que instala Canclini entendiendo “
el consumo como el conjunto de procesos socioculturales en que se realizan la apropiación y los usos de los productos”[9]. Esta definición supera ampliamente la concepción naturalista de las necesidades en tanto este lugar del consumo como parte del ciclo de producción y circulación de los bienes permite hacer visible aspectos más complejos que los encerrados en la ‘compulsión consumista’.

Un primer modelo sería el consumo como lugar de la reproducción de la fuerza de trabajo y expansión del capital. En esta perspectiva “las ‘necesidades’ de los trabajadores, su comida, su descanso, los horarios de tiempo libre y las maneras de consumir en ellos, están organizados según la estrategia mercantil de los grupos hegemónicos”[10]. Dirá Canclini que “el mercado reorganiza la producción y el consumo para obtener mayores ganancias”[11] , así el consumo no sería tanto una necesidad de los ciudadanos sino más bien lo sería del sistema productivo, que se encargará de crear necesidades para beneficio propio. Así, la tendencia expansiva del capital será la que explique la incitación publicitaria a consumir determinados productos, así como el hecho de que cada tanto se los declare obsoletos y se los reemplace por otros. En resumen, lo que sostiene Canclini es que todas las prácticas de consumo pueden entenderse, en parte, como medios para renovar la fuerza laboral de los trabajadores y ampliar las ganancias de los productores.

Otra mirada fundamental sería aquella que sitúa al consumo en una dimensión socioeconómica. En estas coordenadas, el consumo sería un espacio de competencia y litigio entre los sectores o grupos sociales por la apropiación de los productos culturales. Este giro de la mirada sirve para rectificar el enfoque unidireccional expuesto en el modelo anterior. “De ver al consumo como un canal de imposiciones verticales pasamos a considerarlo un escenario de disputas por aquello que la sociedad produce y por las maneras de usarlo”[12]. Reconocer este carácter interactivo del consumo y su importancia en la vida cotidiana ha contribuido a que los movimientos políticos no se queden sólo en las luchas laborales e incorporen demandas referidas a la apropiación de los bienes.

En definitiva, cuando una persona selecciona los bienes y se apropia de ellos, lo que hace es definir lo que considera valioso, las maneras en que se integra o se distingue de la sociedad. De este proceso de apropiación emerge una nueva relación entre la persona y el producto cultural, una significación propia, particular y no natural, un flujo de significados que muta dependiendo de la relación de sentido y valor que le adosa la persona que lo consume.

Se comprende entonces que la concepción naturalista queda rebasada pues no enfrenta –y elude-las problematicas que supone el consumo el actual, en tanto, proceso sociocultural de apropiación y significación que emerge y se desvanece constantemente apareciendo con otras formas, usos, significaciones y valores, en tiempos distintos, configurándose como una relación social inaprensible históricamente.



[1] García Canclini, Néstor: “Los estudios sobre comunicación y consumo: el trabajo interdisciplinario en tiempos neoconservadores”. En Diálogos de la comunicación 32. Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social. Lima, Perú. 1992. (Versión Digital). p. 1.

[2] Ibid.

[3] Sunkel, Guillermo. Una mirada otra. La cultura desde el consumo. En libro: Estudios y otras prácticas intelectuales latinoamericanas en cultura y poder. Daniel Mato (compilador). CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Caracas, Venezuela. 2002.

Disponible en la World Wide Web: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/cultura/sunkel.doc

[4] García Canclini, Néstor: Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización. Grijalbo. México. 1995. p. 53.

[5] Ibid.

[6] García Canclini, Néstor (1992): “Los estudios sobre comunicación y consumo: el trabajo interdisciplinario en tiempos neoconservadores”. Op. Cit. p.3.

[7] Ibid.

[8] Canclini sostiene a este respecto que el derecho a ser ciudadano, o sea, de decidir cómo se producen, se distribuyen y se usan esos bienes, queda restringido siempre a las élites.

[9] García Canclini, Néstor (1992): “Los estudios sobre comunicación y consumo: el trabajo interdisciplinario en tiempos neoconservadores”. Op. Cit. p.4

[10] Ibid

[11] García Canclini, Néstor (1995): “Consumidores y Ciudadanos”. Op. Cit.p.18.

[12] Op. Cit, p.44

viernes 18 de mayo de 2007

Ideología y comunicación política: flujos de ideología transitiva

Para acercarnos un poco al espacio en donde se despliega nuestra aproximación, es necesario señalar ciertas consideraciones relevantes y situar en contexto aquellas ideas que sostienen mi hipótesis, cual es que en los actuales escenarios mediáticos en donde se desarrolla la comunicación política no ha desaparecido la transmisión ideológica sino que, por el contrario, estaría operando con otras claves, ocultas en la propaganda y difundidas hipertextualmente por vías aparentemente ‘inofensivas’, que no serían advertidas por los consumidores de medios. En perseguir cómo se da esta relación - y no en atraparla – se dirigen los esfuerzos de estas palabras.

Dicha relación la situaremos -primeramente y a modo de acercamiento- en un espacio de confrontación histórico en donde estarían en juego resabios de viejas concepciones funcionalistas concentradas en los efectos y aquellas teorías que le entregan al receptor un rol activo en la codificación de los mensajes. Es pues, en el seno de este litigio, en donde el fenómeno que proponemos acaece. Iremos, sin embargo, acotando el espacio desde los contextos sociales hasta los contextos locales, es decir, en donde se localizan aquellas fisuras por donde se cuelan estas nuevas formas de ideología y se puede comprender más claramente aquello que aquí llamaremos flujo de ideología transitiva.

No es un misterio que los medios de comunicación influyen en la manera en que los ciudadanos conciben la realidad, incluida en ella la realidad política de una sociedad (no nos referimos aquí a cómo influye y a ni en qué cantidad). Desde la sociología funcionalista, la teoría de los efectos supone que los medios serían ‘funcionales’ a esta realidad y no harían sino prolongar en el tiempo la hegemonía dominante. El modelo funcionalista es, por definición, funcional a esta hegemonía “…es lo que contribuye a la adaptación de un sistema dado. Por oposición, disfuncional es cualquier cosa que conduce a la ruptura del sistema. La hipótesis que descansa en lo profundo de estas nociones es la de la sociedad que quiere naturalizar el equilibrio. Si se acepta que el equilibrio deseado es de naturaleza estática, entonces, en efecto, la sociología funcionalista no puede considerarse como favorable al cambio social”[1]

Desde otra perspectiva nacida a partir de la teoría de la dependencia y del llamado enfoque crítico, y conjuntamente con la emergencia de nuevas formas de comprender las relaciones entre los medios de comunicación y los receptores, nos encontramos ante una mirada que otorga al receptor credenciales propias de codificación, basadas en sus experiencias cotidianas y prácticas sociales. La investigación en estas materias, más bien, tendió a subrayar el modo en que la cultura popular – todavía en oposición con la cultura de masas- generaba significados propios a partir de la recepción de los textos mediáticos, incluso enfrentándose a las lecturas preferentes propuestas por los propios textos. Habría aquí, una suerte de desplazamiento centrado en la capacidad que tendría la audiencia para desarrollar tácticas de resistencia y para crear significados acordes con sus necesidades sociales y emocionales y no con los productores y reproductores de la hegemonía dominante.

En estas disputas, hay que decir que el discurso mediático (aquel proferido por los medios) ha mantenido, hasta este momento, un rango de objetividad en su decir. Esta prerrogativa pareciera adosarle a la práctica periodística un determinado valor de verdad, principalmente en los públicos consumidores de información, ya que éstos estarían obligados a establecer un pacto de fe con el medio que se las ofrece. Bajo esta perspectiva, es predominante la idea de que los medios de comunicación serían agentes discursivos que construirían la realidad, regularían y administrarían la moral de la sociedad.

Podrá decirse que este contrato de realidad es lo suficientemente flexible como para incluir la posibilidad de sospechar, en mayor o menor medida, de la realidad presentada por los medios de comunicación. Sin embargo -dudas más, dudas menos- la práctica periodística cuenta con aquella coraza sensible que legítima su institución y que no pocos problemas ha enfrentado a la hora de su exploración y reconocimiento. La objetividad es, sin duda, uno de los mitos más difíciles de derrocar.

Este espacio de tensiones sociales y relaciones de fuerzas entre los enunciados mediáticos en torno a la realidad y sus posibilidades de interpretación, estaría atravesado por una dimensión constitutiva y constituyente de todo sistema social de producción de sentido, es decir, de ideología.

Si bien nuestro análisis no contempla una historiografía de la ideología, es bueno considerar, a modo de nexo vinculante con el contexto señalado, la idea de Marx de que habría que distinguir siempre entre los cambios ocurridos en las condiciones económicas de producción, que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo.

El espacio de negociación para estos litigios no estaría sino en la publicidad –en el sentido Habermasiano- , pero las formas ideológicas que se estrellan en este espacio público tendrían en su origen el interés privado. Desde allí, comenzaría a gestarse este flujo de ideología transitiva. Es decir, de todo el conjunto de ideas fundamentales propias de toda formación social que produce sentido, selecciono aquellas con las que comulgo y las hago circular en la sociedad.


Por tanto, la ideología estaría que operando sobre todos aquellos aspectos relevantes de una formación social que se establece como comunidad política, con mayor o menor intensidad, tendría su justificación en la necesidad de satisfacer un deseo de particulares, de individuos o colectivos que generan sentido o establecen resistencias, sosteniéndose ad infinitum la pletórica lucha por la hegemonía, porque es en este el lugar en donde la transmisión del flujo ideológico alcanza su mayor efectividad. Más aún, en las democracias actuales, el carácter de verdad de los discursos circulantes estaría legitimado por la lógica de los consensos, y el nivel de organización de los mensajes transmitidos estaría mediado por la significación y semantización de sus contenidos.

Siguiendo a Eliseo Verón en este punto, diremos entonces que la ideología no es un tipo particular de mensajes, o una clase de discursos sociales, sino uno de los muchos niveles de organización de los mensajes, desde el punto de vista de sus propiedades semánticas, es decir, la ideología sería un “nivel de significación que puede estar presente en cualquier tipo de mensajes, aun en el discurso científico”[2]. Esto es, cualquier material de la comunicación social es susceptible de una lectura ideológica. No debe pensarse, entonces, que las declaraciones de un funcionario del gobierno, por ejemplo, constituye un material "más ideológico" que una revista de modas.

Hasta aquí ya hemos avisado de que trata lo medular de este trayecto enunciativo: están descritas las tensiones, escenarios, transiciones y operaciones en donde se estaría desplegando, en la actualidad, la comunicación política.

El espacio vital para el logro de este tipo de enunciación no sería otro que el de los medios de comunicación, con todas las atribuciones y características que hemos venido señalando. Habría que advertir eso sí, que “no todas las transacciones políticas son reducibles a términos y categorías de comunicación, pero muchas de ellas no llegan a buen puerto sin el recurso de la comunicación, sin un flujo de mensajes que surta determinados efectos, sin un adecuado proyecto de comunicación”[3].

En la apreciación anterior observamos como van tomándose de la mano aquellos elementos que hemos ido desarrollando en este análisis, ideología, influencia, comunicación, plan de comunicación. Cabe notar que hay tras esta afirmación una declaración de deseo manifiesto que responde, ciertamente, a un interés privado que, en el caso de la comunicación política, lo encarnaría directamente el candidato para el que se realizaría una eventual estrategia de comunicación, pero que representaría a un colectivo social mucho más amplio.

Dice Verón “La función normativa de la ideología, a saber, el refuerzo de cierto universo de pautas sociales, es sólo un caso particular de la función conativa propia de todo mensaje en virtud de su transmisión en una situación concreta”[4].

El criterio expuesto nos permite una distinción adicional: cuando se trata de mensajes cuya función conativa es manifiesta, es decir, cuando hay contenidos normativos que se comunican directamente, hablaremos de propaganda y no de ideología. Lo anterior, sin perjuicio de que en la propaganda se encuentren ocultas intenciones propiamente ideológicas. Pero para efectos de nuestro análisis, la ideología ha sido considerada como categoría subyacente y omnipresente y no como una emergencia manifiesta.

Lo que se pretende es establecer la diferencia entre aquellos enunciados propiamente políticos, portadores de ideología, que se expresan hipertextualmente durante las campañas políticas; y los actos de enunciación que no persiguen otro fin sino el de sumar adeptos. Esto, independiente de si se transmite o no la ideología. A mi entender hay una escisión importante, no obstante que ideología y propaganda transiten en la misma dirección.

Para Rey de Morató entender la política supone reconocer ‘lo que es importante’, es decir, todo aquello que influye en forma destacada sobre el resultado de los acontecimientos. Significa conocer lo que es valioso -la influencia de cada resultado político sobre nuestros valores y sobre las personas y cosas que nos interesan-, y significa también conocer lo que es ‘real y verdadero’. Sin embargo este ‘real y verdadero’ acusa al mismo tiempo una paradoja: “si bien cuando comunicamos creemos estar diciendo algo de la realidad, la verdad no tiene porque ser esa -que lo es, pero no agota la complejidad de la comunicación-, sino esta otra: cuando comunicamos estamos fundando la realidad como tal”[5].

De aquí se desprende la importancia de los medios masivos para la comunicación política: Si los medios son los modeladores de la realidad social y éstos gozan de un rango de objetividad en su decir, constituyen entonces, para la comunicación política, el trampolín ideal para instalar sus enunciados y cargarlos de dicha ‘objetividad’, por tanto, se difunden como reales.

Conjuntamente, la saturación a través de los distintos dispositivos textuales, de enunciación no necesariamente política pero cargada de ideología (diarios, televisión, revistas, afiches, Internet, radio) supone una penetración objetivante de relativa fuerza que se constituiría como elemento determinante en la intención de voto, por ejemplo.

En relación a nuestra propuesta, lo importante sería no el efecto de la persuasión para un determinado fin particular, sino el grado en que la ideología penetra en los receptores de dicha información de carácter político. En ello, la comunicación política adquiere un valor relevante.

En efecto, la propia evolución de los gabinetes de comunicación y la preocupación por la imagen y por el qué decir en la próxima comparecencia -a veces no hay nada que decir: sólo comparecer-, nos informa sobre la relevancia de la comunicación en la actividad política: “antes sólo existían gabinetes de prensa, pero ahora existen gabinetes de imagen y comunicación, análisis de medios, diseño de estrategias y estudios de marketing”[6], todo esto con el fin de persuadir y conseguir adeptos pero haciendo emerger por ciertas fisuras, un flujo de transmisión ideológica mucho más potente que el efecto mediato de ganar al adepto”.

Las nuevas formas ideológicas, entonces, irrumpen desde las mismas prácticas sociales de las personas: al momento de escoger un programa de televisión o una marca determinada, o al deliberar sobre el modo de comenzar a leer un periódico, estarían operando de manera invisible, ciertas significaciones instaladas a partir de los medios, el marketing y la publicidad.

En ello la comunicación política juega un rol primordial como eje estratégico de instituciones –y empresas-. Su foco de interés son las relaciones que operan entre sociedad civil, los medios de comunicación y esfera política. Es decir, se accionar se despliega en un espacio ideologizado. Dicho de otra manera, para hacer comunicación política es condición de posibilidad, parafraseando a Juan Pablo Arancibia[7], estar ideologizado.

La opción de no inscribirse para votar –en el caso chileno-, constituye, en sí mismo, un acto profundamente político. En democracia el no votar es un acto de resistencia propiamente político que atenta contra las lógicas de ideologización dominante – la ideologización del no votante se desplaza entre los límites de una contrahegemonía-, y lo que se persigue es empujarlo hacia adentro, convencer al individuo que dentro del sistema tiene mejores posibilidades de desarrollo. Nada más antidemocrático que el discurso proferido en contra de quienes han decidido no entrar en este pacto de ficción democrática de la hegemonía dominante.

¿Dónde estarían las válvulas por donde irrumpe esta transmisión ideológica? A nuestro parecer no en la propaganda, pues la manifestación patente de una intención ideológica le traspasa al ciudadano la posibilidad conciente de escoger.

Ciertamente aquí también habría transmisión ideológica pero en un nivel que no es objeto de este análisis. Lo que nos interesa es descubrir las válvulas de transmisión invisible, propiamente políticas, por donde el flujo de ideología transitiva se estaría depositando en el ethos público.

A nuestro parecer estas válvulas por donde fluye la comunicación política con más eficacia, no estarían en el discurso del senador o el diputado, tampoco en la campaña manifiesta, sino que, por el contrario, se desplegarían en un espacio con condiciones aparentemente no políticas pero que, en su silencio, estarían cargadas de ideología. A modo de ejemplo, los discursos tendientes a ‘no ideologizar’ el acontecer social portarían en su silencio toda su ideología: los discursos de las iglesias, algunos medios escritos (como el diario La Cuarta), los programas de farándula, la publicidad de ciertos productos, universidades, mallas curriculares, etc.

Corriendo en paralelo, habría que señalar que las estrategias de la comunicación política también han desplazado la mirada y han acercado el debate público a la ciudadanía. Una tendencia es que el discurso que presenta intenciones manifiestas ha ido desapareciendo por otro de carácter neutral que permite no perder al voto duro sin espantar la posible llegada de indecisos. Se estaría dando la tendencia, entonces, de enfrentar al candidato contrario con sus propias ideas de mundo, en un espacio en donde la opinión pública operaría como juez. Es decir, lo que se persigue es llevar a los candidatos contrarios a manifestarse sobre temas que le son desfavorables y en donde, en ocasiones, no le queda más remedio que su silencio. Por tanto, ya no se trata sólo de destacar nuestros propios valores sino que esto debe ir acompañado del constante silenciamiento de los adversarios.

Esto sería uno de los aspectos que estarían favoreciendo la transmisión del flujo ideológico por otras vías, por medios que no estarían expuestos al ojo vigilante de la sociedad, pero que irrumpen por aquellas grietas en donde los medios de comunicación no han advertido o no han querido mostrar –cabe señalar otra vez que los medios de comunicación también están ideologizados tras su aparente facha de neutralidad-.

La significación ideológica estaría canalizándose en niveles mínimos de expresión, a través de vías alternativas de carácter hipertextual. Es decir, un bombardeo de pequeñas unidades ideológicas transmitidas constante y sostenidamente, y que, en claves semánticas no evidentes, estarían invisibilizadas tras las prácticas cotidianas de la sociedad.

Como se señala al principio de esta exposición, lo que se ha pretendido es perseguir esta relación de fuerzas, problematizar sus lógicas y observar cómo y de qué manera influyen en las conductas sociales (ciertamente que en este último punto habría que desarrollar mucho más), es decir, dar cuenta de cómo van cambiando ciertas concepciones de realidad. Esto es, sin duda, mucho más relevante que el acto mismo de conseguir un adepto. Lo que decimos entonces, es que la victoria de la comunicación política no estaría reducida a ganar una elección coyuntural sino que logra su mayor efecto cuando consigue traspasar ideología y , por tanto, instalar en la ciudadanía nuevas necesidades, deseos y formas de comprender la sociedad.


[1] BELTRÁN, Luis Ramiro. “Premisas, objetos y métodos en la investigación sobre comunicación en América Latina” en Revista Órbita nº 22, Caracas, 1978. Página 113

[2] VERÓN, Eliseo. Ideología y comunicación de masas: La semantización de la violencia
Política, Publicado en VV.AA. Lenguaje y comunicación social, Nueva Visión, Buenos Aires, 1971

[3] DEL REY MORATÓ, Javier. ¿De qué hablamos cuando hablamos de comunicación política? Revista de Estudios de Comunicación Komunikazio Ikasketen Aldizkaria Abendua 1996 Diciembre.

[4] VERON, Eliseo. Op.Cit.

[5] WATZLAWICK, Paul, ¿Es Real la Realidad? Editorial Herder, Barcelona, 1979, p. 7

[6] DEL REY MORATÓ, Javier. ¿De qué hablamos cuando hablamos de comunicación política? Revista de Estudios de Comunicación Komunikazio Ikasketen Aldizkaria Abendua 1996 Diciembre.

[7] Juan Pablo Arancibia es Doctor en Filosofía y es académico de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile.

miércoles 9 de mayo de 2007

Recepción : enfoque crítico y teoría de las mediaciones

Los estudios de recepción se han convertido en las últimas décadas en uno de los sectores claves del desarrollo de la teoría de la comunicación. En estos años, se han producido algunos acercamientos entre tradiciones de investigación que siempre transitaron en paralelo – y en oposición-, como las teorías funcionalista y crítica. A esto se suma la irrupción de nuevas miradas como los estudios interpretativos y etnográficos basados en las audiencias, y la emergencia de enfoques que centran el análisis en las relaciones entre la comunicación, la política, la cultura y las prácticas sociales.

No han sido pocos los investigadores que se han preocupado de cómo los medios de comunicación producen, transmiten y generan sentido al interior de la sociedad. Una de las perspectivas analíticas más conocidas y que tuvo su auge durante la década de los ‘50 es la llamada “aguja hipodérmica”, la cual señala que los medios de comunicación masivos inyectan el sentido en el imaginario del sujeto social. Por otra parte, el enfoque crítico establece una ruptura con el enfoque funcionalista –no siempre visible-, y desarrolla una teoría de denuncia respecto de aquellas condiciones que prefiguraban un modelo de comunicación vertical basado en la teoría de los efectos.

Las teorías funcionalistas ocuparon un espacio en el que la difusión de innovaciones se transformó en uno de los ejes que modelaron la comunicación en América Latina, y se convirtieron de paso en un mero reproductor de lo foráneo, intentando comprender la realidad social de este lado del mundo, basados en supuestos no siempre concordantes con los procesos que aquí se desarrollaban. El modelo funcionalista es, por definición, funcional al sistema dominante, “…es lo que contribuye a la adaptación de un sistema dado. Por oposición, disfuncional es cualquier cosa que conduce a la ruptura del sistema. La hipótesis que descansa en lo profundo de estas nociones es la de la sociedad que quiere naturalizar el equilibrio. Si se acepta que el equilibrio deseado es de naturaleza estática, entonces en efecto la sociología funcionalista no puede considerarse como favorable al cambio social”[1].

Es en este contexto en el que el enfoque crítico instala sus demandas. En el marco de lo ya señalado, la teoría de denuncia supuso un cambio en las formas de entender las relaciones entre la producción mediática y los públicos. “La perspectiva que allí se abría implicaba que los medios de comunicación empezaran a ser definidos, no por la sofisticación de las posibilidades tecnológicas, sino por uso en relación con la búsqueda y posibilitamiento de situaciones de participación y / o protagonismo de los sectores populares”[2].

A esta perspectiva subyace la idea de una participación más activa de los públicos dentro de una sociedad cada vez más mediatizada, entendiendo este concepto como “la capacidad que tienen los medios y las nuevas tecnologías de modelar el conjunto de las prácticas sociales. Esta cultura indica el proceso de transformación en la producción de significados por la existencia de las tecnologías y los medios”[3]

Hay que decir, sin embargo, que el enfoque crítico establece una escisión entre lo popular y lo masivo que no permite establecer bien los criterios en torno a los modos de recepción frente a la producción mediática y cultural. En este sentido, las dicotomías que estableció este enfoque dificultaron el transito entre los grises de las problemáticas comunicacionales y culturales. La noción de imperialismo cultural, se instaló como preocupación central en desmedro del interés por descubrir los modos en que dicha ‘ideología transmitida’ era interpretada por las masas. El receptor entonces era presentado con credenciales de ‘dominado’.

La teoría frankfurtiana instala aquí una alerta ante estos procesos de transmisión ideológica y sostenía la idea de que una de las funciones de la industria cultural era de carácter netamente educativo, en el sentido de enseñar al sujeto a aceptar su lugar en el sistema. Todavía persistía una concepción política de los públicos, pero sobre todo de ‘lo popular’.

Si bien el lugar de la recepción fue comprendido desde otras categorías, éstas no suponían un análisis de las relaciones entre los enunciados discursivos de los medios y las condiciones de recepción de las audiencias. La investigación, más bien, tendió a subrayar el modo en que la cultura popular – todavía en oposición con la cultura de masas- generaba significados propios a partir de la recepción de los textos mediáticos, incluso enfrentándose a las lecturas preferentes propuestas por los propios textos. Habría aquí, una suerte de desplazamiento centrado en la capacidad que tendría la audiencia para desarrollar tácticas de resistencia y para crear significados acordes con sus necesidades sociales y emocionales y no con los productores capitalistas. Sin embargo, seguía primando la idea de que estudiar los procesos de comunicación era estudiar fundamentalmente procesos de reproducción ideológica en donde las masas no podían oponer una verdadera resistencia.

Poco a poco estas concepciones van abriendo espacios para la irrupción de nuevas formas de comprender el proceso de la comunicación, desvinculándolo de la mirada inmanentista y situándolo en nuevos escenarios en donde la escisión entre lo popular y lo masivo se diluirá, para dar paso a una nueva formación de carácter heterogéneo, portadora de necesidades e inquietudes múltiples, y que será analizada desde sus propias lógicas de asociación y prácticas sociales.

Ya no era suficiente la idea considerar a la cultura popular sólo como un espacio de resistencia sino que se hace necesario incorporar elementos de integración social entre ésta y la cultura oficial. Además, este nuevo enfoque centrado en los procesos y las mediaciones terminará con la escisión entre la cultura popular y la cultura de masas, y considerará a esta última “como una de las formas de existencia de lo popular”[4].

Para comprender el fenómeno de la recepción en este nuevo periodo es necesario delimitar los marcos de acción desde donde este emerge y se desplaza. El autor fundamental en esta perspectiva será Jesús Martín Barbero con su teoría de las mediaciones, esta “fue concebida como parte de una segunda etapa de la escuela latinoamericana, en la que la ruptura de paradigmas de las ciencias sociales concentró sus contribuciones en redescubrir la actividad del sujeto social en general y el de la comunicación en particular, no sólo como receptor activo de mensajes sino también como protagonista de los procesos de interacción cultural”[5].

Asimismo, los enfoques de la investigación en comunicación “comenzaron a privilegiar los procesos de recepción como espacios de producción de sentido en los que intervienen factores subjetivos y abstractos propios de los contextos de vida cotidiana de los receptores y de sus “mediaciones” culturales para permitir percibir que los procesos de significación, son momentos altamente complejos e imprecisos”[6]

Al decir de Santa Cruz, lo que permitía la ruptura y el desplazamiento era que hablar de comunicación era hablar de prácticas sociales. Se ampliará entonces el alcance de las investigaciones en comunicación teniéndose en cuenta ahora las especificidades históricas de cada formación social, dicho de otro modo, el “cómo la gente se apropia, transforma y usa las cosas”[7]

En esta perspectiva los mensajes producidos por los medios de comunicación son polisémicos y son recibidos desde diversos marcos de interpretación, en otras palabras, existen tantos sentidos posibles como sujetos acuden a su reconocimiento: no hay manera de controlar el sentido que cada uno puede inferir, pues el sujeto está permanentemente restituyendo su significación ya que la propia significación varía de manera intra-personal. “El sentido del texto se construirá de manera diferente según los discursos (conocimientos, prejuicios, resistencias) que el lector aporte al texto: el factor esencial entre audiencia/sujeto y texto será el espectro de discursos de que disponga la audiencia”[8]. En esta misma dirección, Eliseo Verón diría que el sentido de los textos estaría dado por el encuentro entre las condiciones de producción de este, y las condiciones de reconocimiento del lector, y en ello estaría en juego la historia misma de quien produce y quien recibe.

Verón estaría estableciendo la semiósis en el cruce entre los mundos significantes de los productores del mensaje y el de los espectadores, donde quien produce el mensaje hablaría desde un cierto lugar hegemónico – y aquí seguimos a Williams- y los espectadores pueden optar, conciente o inconcientemente, entre aceptar el discurso preponderante al interior del texto (concordar con la hegemonía) o reaccionar contrahegemónicamente y resignificar completa o parcialmente el significado. Esto está en directa relación con las posibilidades de decodificación que posea cada formación social. La influencia de los Estudios Culturales en este nuevo enfoque es determinante.

Entre ambas perspectivas analizadas (enfoque crítico y cultural) existen diferencias sustanciales en el modo de concebir a las audiencias. Lo nuevo siempre tiene la apariencia de venir a corregir un error, pero esto no esto no quiere decir que las posibilidades de interpretación crítica se hayan agotado, sino que se encuentran en constante tensión con las nuevas formas de interpretar la realidad.

Siguiendo a Santa Cruz, “el énfasis en las mediaciones implica que la recepción no puede concebirse sólo como etapa o momento de la comunicación, sino que es más bien un lugar para re-pensar el proceso entero”[9]

“Esto implica superar la concepción pedagogista e iluminista de la acción sobre los receptores”[10], que mencionamos en la idea de público que subyacía la función educativa de las industrias culturales en la mirada del enfoque crítico. Se trata, en definitiva, de superar aquella visión moralista en donde los públicos son entendidos como víctimas de la manipulación, en donde las audiencias sólo tenían la opción de resistir y no de negociar ni de establecer otro tipo de pactos con los textos a los que se enfrentan.

Hablar de recepción en este enfoque supone ampliar los elementos de estudio más allá de las consideraciones ideológicas, y situar la mirada en otras problemáticas que se entrecruzan y que tienen relación con los modos de comprender la realidad social por parte de las audiencias.

La transformación de los espacios públicos y privados, la discusión sobre identidad y las formas de expresión de las demandas sociales suponen condiciones distintas y que son posibles de abordar en los nuevos análisis, recogiendo la riqueza de las propuestas heredadas del enfoque crítico, y entendiendo el proceso de la comunicación como un sistema de significación y sentido en donde juegan un rol importante todos los actores que en el se desenvuelven

Bibliografía

SANTA CRUZ, Eduardo: Estudios de Comunicación en América Latina y Chile: Acerca de causas y azares. Centro de Investigaciones Sociales Universidad ARCIS. Chile. 1997

BELTRÁN, Luis Ramiro. “Premisas, objetos y métodos en la investigación sobre comunicación en América Latina” en Revista Órbita nº 22, Caracas, 1978

QUIROGA Sergio Ricardo, Consumo y cultura mediática, III Endicom, Río Cuarto, Argetina, Octubre, 1999

GUARDIA Crespo, Marcelo. Irrupción y Proyecciones de los Estudios de Recepción en Bolivia. Boletín Temático de la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación, ALAIC, nº 20, 2004.

MORLEY, Dave. Interpretar televisión: la audiencia de Nationwide, 1978; Televisión y estudios culturales, 1992

VERÓN, Eliseo: “La semiósis social”, Gedisa, Buenos Aires, 1987.




[1] BELTRÁN, Luis Ramiro. “Premisas, objetos y métodos en la investigación sobre comunicación en América Latina” en Revista Órbita nº 22, Caracas, 1978. Página 113

[2] SANTA CRUZ, Eduardo: Estudios de Comunicación en América Latina y Chile: Acerca de causas y azares. Centro de Investigaciones Sociales Universidad ARCIS. Chile. 1997. Página 11

[3] QUIROGA Sergio Ricardo, Consumo y cultura mediática, III Endicom, Río Cuarto, Argetina, Octubre, 1999.

[4] SANTA CRUZ, Eduardo. Op. Cit. Página 21

[5] GUARDIA Crespo, Marcelo. Irrupción y Proyecciones de los Estudios de Recepción en Bolivia. Boletín Temático de la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación, ALAIC, nº 20, 2004.

[6] GUARDIA Crespo, Marcelo. Irrupción y Proyecciones de los Estudios de Recepción en Bolivia. Boletín Temático de la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación, ALAIC, nº 20, 2004.

[7] SANTA CRUZ, Eduardo. Op. Cit. Página 24

[8] MORLEY, Dave. Interpretar televisión: la audiencia de Nationwide, 1978; Televisión y estudios culturales, 1992.

[9] SANTA CRUZ, Eduardo .Op. Cit. Página 26

[10] Ibid. Página 27

sábado 5 de mayo de 2007

¿Cómo concibe Dave Morley la práctica de ver televisión?

La televisión es uno de los medios masivo más consumidos alrededor del mundo y no han sido pocos los intelectuales que se han preocupado por las formas en que este medio transmite, produce y genera sentidos al interior de la sociedad. Una de las perspectivas analíticas más conocidas y que tuvo su auge durante la década de los 50’ es la llamada “aguja hipodérmica”, la cual señala que la televisión, así como cualquier otro medio masivo, inyecta el sentido en el imaginario del sujeto social. Dave Morley en su texto “Interpretar Televisión: la audiencia de Nationwide” establece una postura crítica a esta teoría proveniente de Estados Unidos, y plantea una perspectiva teórica diferente.

El estudio de Morley se despega del análisis tradicional de carácter inmanentista y ubica en otras coordenadas el problema de la significación. Para el autor “un análisis de la ideología de los medios no puede depender de un análisis de la producción y el texto únicamente, sino que de hecho debe incluir una teoría de la lectura y un análisis del consumo”
De modo general podemos afirmar que existen varias lecturas posibles de los conjuntos textuales que circulan en el interior de una sociedad –entre ellos los programas de televisión-, tanto desde su producción como de su reconocimiento.
Lo que hace Morley es llevar a cabo la propuesta teórica de Hall e incluir en el análisis la perspectiva de la audiencia, pues para el autor, el análisis de la televisión no se centra sólo en el mensaje. La pregunta que se hace Morley en definitiva es ¿qué hace la gente con los mensajes que recibe de la televisión? Morley dirá que para responder esta interrogante se hace necesaria una segmentación del tipo de lecturas que pueden hacerse.

A Morley le interesa la comparación, la codificación de mensajes, y las posibles coincidencias de los códigos interpretativos de las personas dependiendo de su ‘enciclopedia’ de reconocimiento. Lo que ocurre, según el autor, es un encuentro entre los discursos producidos por la televisión y aquellos provenientes de las audiencias, habría aquí un circuito entre un productor, un producto y un receptor. Para Morley el sentido estaría en los tres niveles.

No es un misterio que los medios inciden en el modo en que las personas comprenden la realidad, pero ello no quiere decir que exista una relación directa que tenga como consecuencia determinados efectos en la audiencia. El autor está conciente de que los mensajes producidos por la televisión son polisémicos y son recibidos desde diversos marcos de interpretación, en otras palabras, Morley trabaja considerando la existencia de tantos sentidos posibles como sujetos acuden a su reconocimiento: no hay manera de controlar el sentido que cada uno puede inferir, pues el sujeto está permanentemente restituyendo su significación ya que la propia significación varía de manera intra-personal. “El sentido del texto se construirá de manera diferente según los discursos (conocimientos, prejuicios, resistencias) que el lector aporte al texto: el factor esencial entre audiencia/sujeto y texto será el espectro de discursos de que disponga la audiencia”

Esto tiene directa relación con el modo en que nos situamos para ver televisión. Morley dirá que en muchas ocasiones se trata de una mirada desatendida, desapegada, y esta forma de situarse frente a la producción de sentido que ofrece la televisión supone un modo de estar, un ethos que prefigura un tipo de relación entre sujeto y mensaje. No siempre la audiencia está prevenida respecto de lo que ve, mensajes sutiles se cuelan en aquellas distracciones sin que un grupo no menor de la audiencia sea capaz de percibirlo. En este sentido, ninguna producción textual sería inocente, todas comportarían una ideología, un discurso que se pretende transmitir.

Los mensajes televisivos son polisémicos, pueden ser decodificados en más de una forma por los telespectadores, pero aún así el texto plantea o propone una lectura predominante, la cual puede ser aceptada o no por el espectador. Es importante recalcar que la forma en que el telespectador decodifica el texto está determinada por las influencias sociales, culturales, políticas y económicas que lo determinen. Dependiendo de los discursos predominantes con los cuales se identifique y el grado de aceptación que sus archivos de mundo le proporcionen.

Ya en el entendido de que no habría una sola manera de interpretar los mensajes, Morley nos propone tres modos de abordar la información contenida en ellos. La primera sería la aceptación del mensaje, es decir, reconocerse en aquel discurso proferido por la televisión. Operaría una lógica de condescendencia que favorecería la relación desde el punto de vista del productor del mensaje, pues se trataría de un público pasivo que se identifica con el ‘nosotros’ del programa, este reflejaría su posición e intereses. Una segunda manera sería la negociación. Aquí el reconocimiento no se da de manera tan espontánea y requiere cierto diálogo entre el discurso emitido y las condiciones de recepción de la audiencia. Desde el punto de vista del productor del mensaje lo que se necesitaría aquí es una buena estrategia de persuasión para que el público reaccione favorablemente a los contenidos. La tercera posibilidad sería la oposición, la resistencia. En palabras de Morley “es que el decodificador discierna el contexto en el que fue codificado el mensaje, pero puede aportar un marco de referencia distinto que deje de lado el marco codificado e imponga al mensaje una interpretación que opere en directa <>”


En este mismo sentido cabe preguntarse por los procesos específicos de recepeción de la audiencia teniendo en cuenta la influencia que los discursos dominantes ejercen sobre los espectadores ¿En que lugar se posiciona el sentido dentro de la comunicación? Según Morley “ya el hecho de plantear este problema en la investigación lleva a sostener que el sentido que se produce por el encuentro entre texto y sujeto no puede emerger directamente de las características del texto mismo. El texto no se puede ser aislado de sus condiciones históricas de producción y de consumo.”

La palabra <> es la que nos llama la atención, el autor estaría estableciendo la semiósis en el cruce entre los mundos significantes de los productores del mensaje televisivo y el de los espectadores, donde quien produce el mensaje hablaría desde un cierto lugar hegemónico y los espectadores pueden optar, conciente o inconcientemente, entre aceptar el discurso preponderante al interior del texto (concordar con la hegemonía) o reaccionar contrahegemónicamente y resignificar completa o parcialmente el significado. Esto está en directa relación con las posibilidades de decodificación descritas en los párrafos anteriores.

En definitiva, la propuesta de Morley va en concordancia con admitir un rol activo en las audiencias y considerarlas como elemento fundamental a la hora de intentar constreñir el lugar en dónde se genera el sentido. Aunque la tarea parece difícil, queda claro que el permanente enfrentamiento entre las condiciones de producción de los enunciados televisivos y las condiciones de reconocimiento de las audiencias, nos ofrece un lugar mucho más rico, dinámico, mutable y sustantivo en donde poder localizar el sentido en el acto cotidiano de mirar televisión.

¿Qué es lo novedoso de la propuesta de sentido instalada por los EC?

Cuando surgió en el mundo aquello que comenzó a llamarse la Cultura de Masas, la mayoría de los intelectuales de diferentes países reaccionaron escépticos y distantes ante esta nueva sociedad “burda”, de “mal gusto” y alienante que se estaba formando. Es así como podemos encontrar similitudes entre vertientes que poco dialogaron entre sí, pero que existieron en períodos de tiempo muy cercanos y que criticaron fuertemente este fenómeno de la cultura popular. La Escuela de Frankfurt y el Culturalismo Inglés tuvieron, por ejemplo, una postura similar frente a la naciente Cultura de Masas: ambos señalaron a esta cultura como un retroceso respecto de lo que podría denominarse desarrollo de la razón humana, lo que catalogaron como una “baja cultura” en contraposición con una alta y correcta cultura. Frankfurt, incluso, hizo el llamado a que el ser humano no necesitaba este tipo de producción cultural pues sólo lo alienaba, lo sometía. En tanto, el culturalismo inglés pretendía impulsar el estudio de la literatura inglesa clásica para evitar la corrosión que significaba la Cultura de Masas.

A mediados del siglo XX, en un contexto de recuperación económica de una Inglaterra demolida por la Segunda Guerra Mundial, surgen en Birmingham los Estudios Culturales, un nuevo modo de interpretar los fenómenos culturales que supone una fuerte ruptura con el pensamiento de Frankfurt. El mundo ha sufrido muchas transformaciones en este periodo lo que ha influido decisivamente en los modos de vida de la población. Pero además, y conjuntamente con este contexto, se ha abierto el espacio para que se desarrollaran dentro de él, nuevos imaginarios sociales, nuevas formas de entender los fenómenos culturales que comienzan a evidenciarse a través de diversas publicaciones de autores como Richard Hoggart, Raymond Willimas y Edward Thompson.


La principal fuerza de los EC radica en que intentan comprender la cultura en toda su complejidad, analizando el contexto político y social en donde ésta se manifiesta. Examinan, además, las prácticas culturales y sus relaciones con el poder, combinando elementos de distintas disciplinas y concentrándose, por lo general, en las relaciones entre ideología, raza, identidad, clase social y género. Se trata, en definitiva, de una forma distinta de comprender los fenómenos históricos, pues fija la mirada en actores que se han quedado al margen del devenir histórico de las transformaciones sociales a escala mundial.

Los Estudios culturales redefinen el concepto de cultura situándolo al interior de la vida misma, e instalan la preocupación por el significado y por las prácticas de la vida cotidiana. Sus metodologías se presentan con credenciales declaradamente interpretativas y valorativas y rechazan la coincidencia de la cultura con la alta cultura.

Richard Hoggart, primer director del Center for Contemporany Cultural Stuides, se propuso como objetivo, entonces, analizar los efectos que la cultura de masas produce en la vida cotidiana y en la cultura de la clase obrera inglesa, además de demostrar la interconexión entre las diversas dimensiones de la cultura popular como lo son el espacio del trabajo, la sociabilidad popular en pubs, clubes de trabajadores, etc.; las estructuras del modo de vida cotidiano y fundamentalmente los patrones de lenguaje y “sentido común”.

Esta propuesta se da en un contexto en que predominaba la visión funcionalista, que sostenía que el mundo se dirigía hacia una “sociedad sin clases”, por lo que su investigación supone un giro importante respecto de lo que se venía haciendo anteriormente. Hoggart buscará probar la fortaleza de la identidad y cultura obrera frente a la cultura de masas proveniente de las industrias culturales.

Para Hoggart la cultura de la clase trabajadora inglesa se ha mostrado con la capacidad suficiente para resistir las presiones deformantes de la cultura de masas y de resistir a sus seducciones más evidentes.

Es así como en el contexto de los EC, la idea de texto no sólo remite al lenguaje escrito, sino también a muchas otras manifestaciónes productoras de sentido como lo son las películas, la fotografía o la moda: los textos en los estudios culturales abarcan todos los artefactos de la cultura. Cultura ahora, se redefine como un espacio inclusivo tanto para las artes tradicionales y las artes populares, pero también los significados y prácticas cotidianas. Las dos últimas son, de hecho, el principal objeto de análisis de los estudios culturales.

Otra notable diferencia que da cuenta de esta escisión en el modo de comprender la cultura la observamos en el texto “Cultura y Sociedad” de Raymond Williams, quien afirma que no puede entenderse la cultura aislada de lo social, es decir, se debe reintroducir lo social en el discurso crítico de la literatura, el arte y los medios masivos de comunicación. Hay en Williams, además, una crítica a los inmanentísmos (crítica literaria y estética tradicional, formalismos, esteticismos, elitismos, etc.), al marxismo ortodoxo, en tanto afirma que la cultura tiene una naturaleza social, pero la relación entre sociedad y cultura no es simple reflejo de una en otra, sino que supone ciertas complejidades o mediaciones; y una crítica al estructuralismo, pues Williams propone el reingreso del sujeto, la experiencia y la historia en los procesos sociales. Este autor tiene la plena confianza en que hombres y mujeres pueden actuar para cambiar la sociedad donde viven.

El enfoque de los Estudios Culturales se distancia al relacionar -y desde ahí generar su análisis- lo cultural con lo social en forma simbiótica. Las producciones culturales pasarían a interactuar directamente con lo social, a influirlo, a la vez que lo social determina en cierta medida lo cultural. Este último tendría una naturaleza social pero la relación entre cultura y sociedad no sería la de reflejo.


Con el correr de los años y la publicación de nuevos textos en torno a estas problemáticas, el concepto de cultura va adquiriendo un carácter heterogéneo donde las relaciones al interior de una cultura con esencialmente complejas y dinámicas. Williams plantea un cambio en la noción de hegemonía al desplegarla en un plexo que avista configuraciones nuevas de sociedad, pues sería el resultado del cruce de tres condiciones que define como “residual”, “dominante” y “emergente”, en donde siempre existe una posibilidad real de cambio.

De acuerdo a lo anterior, podemos asegurar que el estudio realizado por Hoggart, considera como un elemento residual contrahegemónico a la Cultura popular inglesa respecto de la Cultura de Masas. El mismo Hoggart denomina a la Cultura Popular inglesa como “Resilente”[1].

Los Estudios Culturales observan que las formaciones sociales son complejas y que en su interior cohabitan diferentes etnias, razas, costumbres y estratos sociales, lo que implica una multiplicidad de formas de mirar y vivir un determinado proceso. En esta perspectiva la Cultura de Masas no tendría un valor preponderante en cuanto otras perspectivas teóricas la han significado. Los Estudios Culturales no considerarían a la Cultura de masas como un solo proceso estable y único, ya que esta vertiente no considerara que ningún proceso histórico pueda ser cerrado, estable o categorizado de esa forma.

La cultura poseería independencia frente a determinaciones económicas o políticas, no estaría completamente determinada por lo social como pensaría el marxismo más ortodoxo, aunque penetra en un contexto en el cual –al mismo tiempo- influye.

Mediante los diferentes métodos de análisis que comienza a aplicar la escuela de Birmingham a las producciones culturales de una determinada época y el uso de la historiografía, comienza a desarrollarse la tesis de que en este cruce entre lo social y lo cultural, entre los productos intelectuales y “artísticos” de una época, están las ideas imperantes o generales que han dejado la historia y otras teorías, pero también una afectividad, un modo de sentir[2]. Un sentimiento propio de un momento histórico y social determinado “es algo que se piensa, se siente y se concibe ‘instintivamente’. Pero no es instintiva, sino histórica”[3] En la propuesta de los estudios culturales cobra vital importancia el proceso de interpretación subjetiva de la realidad, lo que influye notablemente en el interés por comprender los fenómenos sociales en su origen, en sus formas y métodos, desde el lenguaje utilizado por la clase obrera para elaborar sus propios “textos” culturales hasta descubrir la huella que ha quedado en ellos producto de la historia subjetiva de quien o quienes los produjeron.

Vamos viendo entonces, cómo los Estudios Culturales han invertido la mirada y han hecho evidentes procesos y transformaciones culturales otrora invisibles pero que, sin embargo, siempre se estuvieron produciendo.

Si nos preguntásemos cuál es el factor innovador de los Estudios Culturales la respuesta más clara sería la de una resignificación de las formas de ver la producción cultura,l de la influencia que éstas reciben de lo social, pero a su vez es capaz de modificarlo y coayudar en la configuración de un todo histórico, que no sólo se preocupa de la forma de mirar dominante y hegemónica, sino que intenta proyectar las miradas “desde abajo”, desde aquellos que no tienen historia, desde los vencidos, de los grupos sociales no considerados en los libros de historia y de cómo se “sintió” ese proceso social.


[1] Capacidad de un ser humano de sobrevivir bien, pese a las presiones deformantes de la sociedad. Hoggart, Richard, The Uses of Literacy, 1957

[2] A esto Williams lo llamará “Estructura del Sentir”. Raymond, Williams, Marxismo y Literatura, Capítulo 9 Estructura del Sentir, Barcelona, Península, 1980.

[3] Sarlo, Beatriz: Raymond Williams y Richard Hoggart: Sobre Cultura y Sociedad. Revista Punto de Vista, año 2, Nº 6, julio de 1979